Permítame que le sugiera en estas líneas la tarea a la que yo me entrego cada mañana al despertar. Aunque a veces la tarde me lo permite con mayor holgura.
Querida Hannah, elija una estancia tranquila de la casa. A ser posible evite el sonido o los ruidos, ya sean de la radio o de la calle. Cierre las ventanas si es el caso. El silencio debe acompañar cualquier encuentro íntimo. Y este es el más íntimo de todos, porque se encontrará con usted misma.
Póngase de pie, preferiblemente descalza para poder sentir el suelo y arraigarse a la tierra. Extienda los dedos de los pies. Su encogimiento y opresión son interpretados por el cerebro como señales de alarma. Digámosle al cerebro, desde los pies, que goza de libertad. Mueva y, sobre todo, sienta los pies. Haga de esa sensación de libertad la reinante a lo largo de las piernas. Y, desde ahí, mueva ligeramente las caderas.
Respire hondo, y en cada exhalación deje caer los hombros como si fueran espuma que flota en el espacio. Su cuerpo, ahora, no lucha contra la gravedad, sino que se entrega a ella en un fino equilibrio que la mantiene en pie.
Y siempre, siempre, pacifique el gesto de su cara.
Manténgase ahí, respirando suavemente y sintiendo el cuerpo como una unidad. No dedique su atención a ninguna parte concreta de su cuerpo, sino al cuerpo en sí.
Nuestro colega Merleau-Ponty lo adelantó y hoy lo confirman los neurólogos. Para cualquier trabajo con la mente hay que preparar al cuerpo antes. La vida frenética y los múltiples compromisos que hoy nos ocupan llevan a nuestro cerebro a un estado de constante agitación al que se apega con fuerte resistencia. No es fácil atenuar la actividad eléctrica de un órgano cuya capacidad de aceleración es mucho más intensa que su disposición a enlentecer. Por ello recurrimos al cuerpo, su referencia primordial, cuyos susurros escucha con mayor acatamiento que nuestras firmes palabras.
Siga sintiendo el cuerpo, Hannah, durante unos minutos.
Quizás estos pasos le parezcan innecesarios para una tarea que juzgamos como puramente mental. Sin embargo, solemos caer en el error de sentarnos a contemplar sin habernos preparado. La transición es ya parte de la práctica. Una parte fundamental que la impaciencia hace olvidar. Se trata del acercamiento al encuentro con uno mismo. Un acercamiento que debe ser consciente, pausado y corporal.
Lentamente, tome asiento. En Oriente se sientan en una alfombra o cojín, con las piernas cruzadas. Pero, querida Hannah, a mí me resulta más sencillo hacerlo sentado en una butaca o silla. También es válido. Lo importante es mantener la espalda recta, evitando constantemente la tensión. Tumbarse puede llevarnos a un estado de somnolencia, si no estamos acostumbrados. Mejor permanezca sentada y deje las manos caer sobre sus piernas. No olvide vigilar la espalda, recta pero con dulce firmeza.
Contemple ahora su propia respiración. Contemplar deriva del latín contemplari, «observar atentamente un espacio determinado»; en última instancia, de templum, por lo que significa también «estar en el templo». Querida Hannah, está usted ahora mismo contemplando en la intimidad su propio templo. No se trata de un entrenamiento mental, es un encuentro.
Observe las sensaciones que produce la inhalación en su cuerpo. Se puede detener en la temperatura del aire al entrar por las fosas nasales. Esas mismas sensaciones dibujan en su mente el recorrido del aire por su nariz. La inhalación es un proceso de resistencia, observe la expansión y presión sobre su pecho y abdomen. Sentirá su diafragma bajar.
La exhalación es más abrupta, como si el aire quisiera fugarse. Contémplelo. Sienta cómo se relaja su vientre, el diafragma se aboveda. Dé cuenta de la huella que deja la espiración en su cuerpo. Como si de una rendición se tratase, la exhalación atenúa los mecanismos cerebrales de la angustia.
Respete la apnea que la sigue, esa suspensión de la vida encierra grandes misterios.
Concéntrese en su respiración sin alterarla, respetando su esencia, sea cual sea. Obsérvela como aquel que se asoma a un balcón sin ánimo de ver nada. Como si supiera que debe mirar con unos ojos que esperan eternamente. No hay absolutamente nada más que hacer. La vida nos permite este escondite.
Usted y yo somos gente de pensamiento, acostumbrados a analizar, examinar y juzgar. Abandone por unos instantes estos valiosos recursos. Aquí, paradójicamente, solo dificultan la tarea e impiden sus beneficios. Analizar en vez de contemplar, en esta práctica, puede dañarnos convirtiendo una labor fructífera en un obstáculo para nuestra psicología.
Siga observando su respiración, querida Hannah. Enfoque su atención, una vez más, en su nariz. Note el cosquilleo que puede acompañar a la exhalación. Observe como cada inspiración mueve con sutileza su cuerpo y sienta el péndulo del movimiento corporal entre cada inhalación y exhalación. Expansión y contracción. Es la vibración que permite la vida. No olvide que su mirada es la de aquella que se encuentra con su templo.
No piense, querida Hannah, que estos minutos de práctica que no suelen superar la media hora han sido en balde. Comprendo que la densidad de nuestras agendas no permite muchos huecos, pero entenderá con el tiempo que este pequeño retiro es prioritario y se tornará necesario cuando saboree sus beneficios. Yo mismo he juzgado muchas veces como más importante cualquier otro ejercicio intelectual. Por supuesto, no los descarto, pero ahora sé que estos paréntesis permiten a nuestro cerebro florecer.
La actividad neuronal, cuando contemplamos nuestra respiración, es superior a cuando dirigimos la atención a cualquier estímulo del exterior. Al hacerlo se fortalece un área cerebral llamada corteza cingulada, exactamente su parte anterior, que está más cerca de la frente, y esta región está involucrada en la gestión del estado de ánimo, al que dedico tantas horas de mi pensamiento.
Durante esa escasa media hora de observación interior de la respiración se produce un crecimiento de las conexiones neuronales, y se organizan de forma más óptima las redes cerebrales que se encargan de nuestra conducta. Y digo óptima, querida Hannah, porque, según cuentan los colegas neurólogos, esos cambios cerebrales que provocamos al observar la respiración están asociados a un mayor bienestar y a la prevención de alteraciones mentales. Le confieso que me asombró leer en las revistas científicas que la actividad del cerebro es mayor cuando la mirada se dirige hacia dentro que cuando observamos lo ajeno, como si el cerebro supiese que es a él a quien se está observando. Pero ¿cómo lo iba a saber? Sin duda, es volver al templo.
Observe, querida Hannah, que, pese a todo, su cuerpo siempre sigue respirando. Ánclese a la respiración como el barco amarrado ante la tormenta. Siempre estará ahí para usted. Siempre permite ese cobijo en el que contemplar sin esperar nada. Deje atrás toda pretensión de comprensión y control, le aseguro que no la ayudarán. Mantenga la mirada en su respiración, una mirada siempre amorosa.
«¡Alégrese!», es ahora el saludo que le dirijo. Solo si se alegra, será usted aquella que puede dar alegría y alrededor de quien todo es alegría, recogimiento, descanso, adoración y gratitud a la vida.
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Nazaret Castellanos en su libro El puente donde habitan las mariposas


































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