Fiel a tus sugerencias, (mi querido Martín) he seguido practicando día a día. Los primeros obstáculos no me permitían enfrentarme al gran impedimento: sostener la atención durante algo más de un minuto. Una vez sentada, comienzo a observar, de forma ecuánime, las sensaciones asociadas a la respiración. Como te decía al principio de mi carta, al leerte, por primera vez, me pareció una tarea extremadamente fácil. Pero, después de unas pocas respiraciones, me sorprendo distraída, con la atención en otro lugar que no he elegido. ¡Qué ejercicio de humildad es reconocer el corto alcance de nuestra voluntad!
Mi intención era honesta y firme: mantener la atención en la respiración, pero no me di cuenta, hasta entonces, de que la intención es eso, intención, y no asegura la ejecución de su propósito. En nuestra mente operan procesos que responden a la voluntad, pero coexisten con aquellos que son involuntarios. Reconozco que, hasta ahora, solo me he identificado con mi intención, llegando a sobrevalorar su capacidad y radio de acción. Este encuentro con mi parte involuntaria me ha hecho abrazar una parte de mí que desconocía y que me ha conducido a una mirada más cautelosa sobre mi propia mente.
No creas, Martin, que mi atención se desviaba al pensamiento de alguna cuestión importante. De repente me descubría cavilando sobre la compra, al instante, viajaba hasta los cafés de Lisboa e, inmediatamente después, me enfrascaba en una calurosa discusión imaginada con tu esposa Elfriede. Todo sin un orden claro, sin un hilo conductor que poder rastrear, como destellos fugaces que hipnotizan mi mirada y voy tras ellos.
Reconozco que el encuentro con la propia sombra me tuvo presa durante algunas semanas.
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(Conocí a) Moshe Bar, un neurocientífico que estudia los procesos de divagación mental. Muy amable, me recibió en su laboratorio y le expresé mi frustración por no poder mantener mi atención en la respiración más que unos minutos. «La meditación no consiste tanto en sujetar la atención como en familiarizarse con ella», así comenzó su exposición. Me contó que la atención conlleva en el cerebro procesos de distracción que son naturales y que tienen su explicación evolutiva. Esto cambió mi consideración de esas interrupciones: saberlas naturales y necesarias disminuía mi furia contra ellas. Un cerebro no ejercitado en la atención entra con facilidad en pensamientos involuntarios, que brotan de forma recurrente y la acaparan. Es una tendencia del propio órgano, y se considera su estado por defecto. Mantener la atención es lo difícil.
Sin embargo, la práctica de la meditación de la respiración se apoya en aprender a dar cuenta de estas distracciones. Moshe me puso un ejemplo: entre sus estudiantes, seleccionó un grupo de voluntarios que nunca habían practicado la contemplación de la respiración y los invitó a hacerlo durante media hora. Al acabar la sesión les preguntó cuántas veces se habían distraído. La respuesta media fue unas cinco veces. Al cabo de unas semanas repitió el experimento y la pregunta: la respuesta fue que se habían distraído más de treinta veces. ¿Se distraían más? No. Con el ejercicio de la práctica, se daban más cuenta de las distracciones. En realidad, y en promedio, se habían distraído unas sesenta veces en media hora. Durante la primera práctica, su pobre consciencia de la propia atención solo había detectado cinco de las sesenta veces. Unas pocas semanas de entrenamiento les permitió descubrir la mitad de las que habían sucedido. Los estudiantes habían mejorado su autoconsciencia, y de eso trata la meditación.
Pero, no satisfecho con el resultado, Moshe introdujo las cabezas de los participantes en una máquina de medición del campo electromagnético cerebral. Los resultados mostraron que la detección del propio estado mental se acompañaba de un crecimiento en las áreas de la corteza cingulada anterior, que tú mencionabas en tu carta, y de la ínsula. Ambas forman la red de prominencia y permiten ser consciente de uno mismo. Su relato me ayudó a comprender que meditar no es sujetar la atención en la respiración, sino que, en el intento de hacerlo, se aprende a conocer la cara oculta de la mente.
Ahora doy las gracias a las distracciones como mis maestras y me siento con la intención de observar las sensaciones que deja en mí la respiración. Igual que antes. Pero la llegada de una distracción, o el momento en el que me doy cuenta de que está ahí, se convierte en una observación de la misma, donde la frustración previa ha dado paso a la aceptación y, con amabilidad, redirijo la atención a mi objetivo inicial: la respiración. Meditar no es dejar la mente en blanco, me recordaba el profesor Bar, sino colocar la atención en el asiento de las sensaciones de la respiración y volver a intentar sentarla, una y otra vez, cuando se levante.
A mi vuelta a Nueva York, pude practicarlo, desde esta perspectiva, y me resultó más natural.
Nazaret Castellanos en su libro El puente donde habitan las mariposas































