La verdad suprema en la que no somos nadie y en la que no tenemos nada es en realidad un estado de nuestra conciencia incondicionado. Es nuestro fundamento básico, la mente primordial, el estado de la realidad en el que no nos convertimos en nadie y permanecemos tal como somos, es decir, una conciencia inmortal. Eso es lo que somos. Ese es realmente nuestro rostro primigenio. La etapa anterior a que nos convirtamos en alguien se denomina, en los tantras budistas, «época primigenia», esa época eterna de pureza original, para la cual no existen el pasado, el presente o el futuro. Es eterna e interminable. En esa época interminable fuimos, al igual que somos y seremos, conciencia intrínsecamente luminosa. Fuimos, somos y seremos un tesoro inagotable de dicha y gracia.
Hay una curiosa historia que contaba un swami indio muy famoso. Hubo una vez un gurú, o un maestro, y su discípulo. Ambos eran swamis, renunciantes. El maestro enseñaba al discípulo de forma informal. No leía los textos ni elaboraba comentarios sobre las sagradas escrituras, sino que lo instruía a través de gestos y ejemplos. El gurú siempre le decía al discípulo:
—No te conviertas en nadie. Nunca te conviertas en nadie.
Ese era su mensaje. El discípulo le aseguró que lo había entendido.
Un día partieron para hacer una peregrinación. Viajaron juntos y el gurú lo llevó al palacio real. Era un viaje largo, y cuando finalmente llegaron, los dos se sentían agotados. En el jardín del palacio había unas cabañas pequeñas. El gurú entró en una de ellas y se quedó dormido inmediatamente. El discípulo, imitando a su maestro, fue a otra y también se durmió. Durmieron tranquilamente durante media hora, hasta que llegó el rey con su séquito. Al ver a aquellos dos extraños descansando en sus cabañas, se enfureció.
En primer lugar se dirigió al discípulo y le preguntó:
—¿Quién eres tú?
El discípulo se despertó y al ver la expresión airada en el rostro del monarca, se quedó aterrorizado y le respondió: —Soy un swami.
El rey exclamó:
—¡Pues vaya swami más estúpido!
Y tomó un látigo de sus criados, lo azotó y lo echó de la cabaña. A continuación se acercó al gurú, aún enfurecido, y le preguntó: —¿Quién eres tú?
El gurú respondió: —Hmmm.
El rey le gritó: —¡Te he preguntado que quién eres!
Una vez más el gurú únicamente respondió: —Hmmm.
El soberano dijo:
—Es un tonto. No hay duda de que es un idiota. Echadlo de aquí.
Más tarde, el gurú y el discípulo se volvieron a encontrar. El discípulo estaba llorando y quejándose. Le dolía todo el cuerpo de los azotes que había recibido.
El maestro le dijo:
- Te advertí de que no te convirtieras en nadie. Olvidaste mi mensaje y mira lo que te ha ocurrido. Yo no me convertí en nadie, por esto no me ha sucedido nada. Tú te convertiste en alguien. En aquella casa real te transformaste en un swami y por eso te castigaron. Ese es el problema.
Todos nos convertimos en alguien después de esa época de pureza original. Nos convertimos en esta entidad limitada que somos y pretendemos estar separados de la unidad, de la fuente; pretendemos haber caído de la gracia de nuestro rostro original. Pretendemos ser un hombre, una mujer, un profesor, un estudiante, un político, un taxista, una buena persona, una mala persona, un individuo culto, rico o pobre. Cuando adoptamos estas máscaras como nuestra verdadera identidad, se produce una lucha interminable. Es como si el océano hubiera olvidado que es un insondable y vasto mar, y terminara creyendo que no es más que una diminuta gota de agua. Eso es lo que ocurre en nuestra conciencia y esa es la causa principal de nuestras luchas.
De modo que existe un estado de realidad así como de conciencia, incluso en este preciso instante, en el ahora en el que realmente no somos nadie y no tenemos nada. Esto suena muy mal. Parece un completo fracaso, pero es la verdad más maravillosa de la cual podemos ser testigos. Nuestro objetivo, así como el de todas las prácticas y los esfuerzos espirituales, es no ir a ningún lado. El objetivo no es ni siquiera retornar a alguna noción de fuente divina. El objetivo es llegar aquí, llegar a la verdadera esencia de nuestro ser y reconocer esta realidad maravillosa, esta verdad suprema en la que no somos nada y no tenemos nada.
Anam Thubten en La magia de la conciencia




























