ISAAC EL SIRIO




Conocido también como Isaac de Nínive, este monje ermitaño del siglo VII marca uno de los hitos del monacato oriental. Se conservan de él ochenta y seis discursos y algunas cartas, en los que expresa de mil formas diferentes que la esencia de Dios es amor. Dirá: «Dios no es justo. Es amor sin límites». Su penetración espiritual de los estados interiores hace de él un verdadero maestro. No habla de nada que no haya experimentado previamente. En su doctrina hay una circulación plena entre contemplación y vida, entre vida y contemplación. Su perseverancia en la oración le abría la contemplación de lo Inefable y la participación en lo Inefable le abría el corazón a la realidad. Puede ser considerado el Francisco de Asís de la Iglesia de Oriente por su sentido de la humildad, por su ternura por la debilidad de los humanos y por su fraternidad cósmica.
Algunas joyas de su pensar, sentir y vivir:

UN CORAZON COMPASIVO

¿Qué es un corazón compasivo? Es un corazón que arde por toda la creación, por todos los seres humanos, por los pájaros, por las bestias, por los demonios, por toda criatura. Cuando piensa en ellos y cuando los ve, sus ojos se llenan de lágrimas. Tan intensa y violenta es su compasión, tan grande es su constancia, que su corazón se encoge y no puede soportar escuchar o presenciar el más pequeño dolor o tristeza en el sí de la creación. Por esto intercede con lágrimas sin parar por los animales irracionales, por los enemigos de la verdad y por todos los que lo molestan, para que sean preservados del mal y perdonados. En la inmensa compasión que se eleva de su corazón, una compasión sin límites, a imagen de Dios, llega a rezar incluso por las serpientes.

EL SILENCIO

Son muchos los que andan buscando constantemente pero solo encuentran los que permanecen en constante silencio.

La persona que se complace en la abundancia de palabras, aunque diga cosas admirables, está vacío por dentro. 

Si amas la verdad, sé amante del silencio. 

El silencio, como la luz del sol, te iluminará en Dios y te librará de los fantasmas de la ignorancia. 
El silencio te unirá con el propio Dios. 

Más que cualquier otra cosa, ama el silencio, que habrá de darte un fruto que ninguna lengua humana es capaz de describir. 

Al principio hemos de violentarnos a nosotros mismos para permanecer silenciosos, pero luego nace "algo" en nosotros que nos arrastra al silencio. Dios quiera que te haga experimentar ese «algo». Si lo logras, una luz inefable te iluminará y al cabo de un tiempo una indecible dulzura nacerá en tu corazón, y el cuerpo casi se verá obligado a permanecer en silencio.

LA CONTEMPLACIÓN

El corazón de aquel que visita su propia alma en todo momento goza de las revelaciones.
El que recoge en sí mismo su contemplación contempla la irradiación del Espíritu.
El que ha conseguido vencer toda distracción contempla a su Maestro en el interior de su corazón.

Por esfuerzo constante y doloroso nace el calor intenso que arde en el corazón a partir de los recuerdos cálidos que lo envuelven. Este esfuerzo y esta atención afinan por su calor el espíritu y le conceden la visión. Y esta visión engendra en su profundidad los pensamientos ardientes que llamamos contemplación. Y de este calor que se irradia por la gracia de la contemplación nace el don de las lágrimas. Al principio son escasas, pero luego se convierten en lágrimas incesantes que traen la paz al pensamiento. De la paz de los pensamientos el alma se eleva a la pureza del espíritu, y de la pureza del
espíritu llega a ver los misterios de Dios.

Cuando el alma es conducida por la energía del Espíritu hacia la esfera divina, los sentidos y sus energías son inútiles, así como son inútiles las capacidades del alma espiritual, ya que por una unión incomprensible, el alma se hace semejante a la Divinidad y se encuentra iluminada en sus movimientos por los rayos de la más alta luz.

La oración pura es dada a muy pocos. Apenas existe una persona por generación que alcance tal misterio.



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