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EL SAMURAI Y EL PESCADOR

Las Apariencias engañan




Había, una vez, en Japón, hace mucho tiempo, un Samurai que le había prestado dinero a un pescador. Hizo un viaje para cobrarlo, a la provincia Itoman, donde vivía el pescador. No siéndole posible pagar, el pobre pescador huyó y trató de esconderse del Samurai, que era famoso por su mal genio.

EL TIGRE Y LA RANA

Cuento tibetano

Érase una vez, en los días cuando el mundo era joven y todos los animales entendían las lenguas de los demás, un viejo tigre llamado Tsuden que salió a cazar su alimento. Mientras se arrastraba silenciosamente, a lo largo de los bancos de un arroyo, una rana lo vio y se asustó mucho.

BUSCAR EN EL INTERIOR


Una tarde, la gente vio a Rabiya buscando algo en la calle frente a su choza. Todos se acercaron a la pobre anciana.
--¿Qué pasa?-le preguntaron-¿qué estás buscando?. 
―Perdí mi aguja- dijo ella. 
Y todos la ayudaron a buscarla. 

LOS DOS HALCONES


Érase una vez un rey, en un país del lejano oriente, al que sus súbditos le obsequiaron con dos pichones de halcón.

ROCA VIVA. El Guerrero Cheyenne

 
Lince Veloz era el nombre de aquel joven indio de la pradera. Su padre, Ciervo de Fuego, jefe de la tribu, le había elegido este nombre, en la confianza de que el Gran Espíritu lo dotaría de sagacidad y rapidez en sus movimientos.

LA VACA




Un sabio maestro caminaba con uno de sus discípulos por el campo y vieron a lo lejos una humilde cabaña. El maestro decidió hacer una visita al lugar.

EL AGUILA QUE CREÍA SER UNA GALLINA

 


Un pastor, que vivía en una cabaña cerca de un bosque y a cierta distancia de una montaña, tenía un corral con gallinas y un rebaño de cabras.

QUE NADIE ROBE TUS SUEÑOS


Había, una vez, una joven que sentía pasión por la danza y practicaba sin cesar, soñando con que, un día, se convertiría en una gran profesional. Cada día anhelaba tener la oportunidad de mostrar su habilidad ante alguien que pudiera cambiar su destino. 

EL CABALLO


En una aldea había, en una ocasión, un anciano muy pobre, pero hasta los reyes lo envidiaban porque poseía un hermoso caballo blanco.

¿DÓNDE ESTOY YO?




Érase una vez un hombre sumamente estúpido, un loco -o quizás un sabio- que, cuando se levantaba por las mañanas, tardaba tanto tiempo en encontrar su ropa que, por las noches, casi no se atrevía a acostarse, sólo de pensar en lo que le aguardaba cuando despertara.

¿FORMA ESTO PARTE DE MI?


Cuentan que un hombre sufría con gran frecuencia ataques de ira y cólera, así que decidió un día abordar esta situación. Para ello se fue al encuentro de un viejo sabio con fama de conocer la naturaleza humana.

UNA CIUDAD, DOS NIÑOS, UN TRÉBOL Y UN RATONCITO

 



Esta historia pasó en un país como esos de los cuentos de Las mil y una noches, donde había una ciudad como Bagdad.


En ella vivía un niño cuya mirada parecía que era verde oliva.

Lo que se veía, casas, objetos, animales, su propia persona eran verdes.

También los otros, padres, abuelos, amigos y vecinos eran de ese color. Como si algo o alguien obligara a todo, y a todos, a tener el verde oliva como único color y razón de vida.

El niño siempre quiso asomarse al mundo.

Saber qué había detrás de ese alto muro que estaba en su calle.

Preguntó a sus padres, que le hablaron de otras cosas.

Preguntó a sus abuelos, que guardaron silencio y sólo le miraron.

Preguntó a sus vecinos, que entraron a sus casas y cerraron sus puertas.

Como nadie se lo decía, un día muy temprano, comenzó a caminar.

Descubrió que toda la ciudad estaba rodeada por el enorme muro verde.

Y caminó… y caminó…

El muro parecía no tener fin.

Pero, caminando a todo su largo, luego de un tiempo, encontró un hueco dejado por alguna bomba de la última guerra.

Miró por allí y descubrió que detrás había un hermoso jardín con azulejos de bonitas formas y colores, pese a estar destruido y en cenizas.

Incendiado, quizás por otras bombas.

Y, también, vio una larga calle que subía como llegando al horizonte.

En medio de aquellas ruinas del jardín, encontró que crecía un trébol. 
Abierto y radiante como un sol.

Y, asustado, cobijándose bajo las tres hojitas verde claro, estaba un ratoncito.

El niño le sonrió.

El ratoncito lo miró.

Y moviendo su pequeño hocico, se le acercó como si lo conociera. 
O como si lo hubiera esperado, seguro que venía a buscarlo.

El niño abrió la palma de su mano, donde  trepó el ratoncito.

El niño, con cuidado, lo guardó en el bolsillo izquierdo de su vieja chaqueta.

Luego, se acercó al trébol y, con un poco de tierra, logró recortarlo, con un trozo de metal que encontró por ahí, para sembrarlo en un lugar más propicio.

Subió por la calle que había del otro lado del muro.

Desde la ventana de un edificio bombardeado, una niña le gritó.

Cuando estuvo a su lado, el niño, que ya no era verde, le entregó el trébol.

La niña lo tomó en una de las palmas de sus manos, que había acomodado como una pequeña maceta, y lo acercó a su corazón.

Luego, le dio su otra mano al niño.

Ambos, tomados de la mano, como en el final de una película de Charles Chaplin, siguieron subiendo por la larga calle que llegaba hasta el horizonte.

Cargando el sencillo tesoro de un trébol y un ratoncito que, como ellos, sobreviven a la crueldad, la estupidez y la guerra de las personas grandes.


Fuente: Los cuentos que les cuento

EL HOMBRE SANTO. Cuento budista


Había, una vez, un hombre sabio y santo que vivía en una pequeña casa, en lo alto de una montaña de difícil acceso, en las proximidades de una aldea china. A pesar de su silencio y sencillez, se había propagado por la campiña su sabiduría y santidad.

Un hombre de la aldea decidió hacer el difícil viaje para visitarlo. Cuando llegó a la casa, vio a un viejo sirviente que lo saludó en la puerta, y le preguntó qué deseaba. 

- Quisiera ver al sabio hombre santo. 

El anciano sonrió y le indicó que lo siguiera. 
Mientras caminaban por el interior de la casa, el hombre de la aldea miró con impaciencia por todos lados, anticipando su encuentro con el hombre santo. Cuando se vino a dar cuenta, había sido conducido a la puerta trasera y sacado afuera. 

Se detuvo y se giró hacia el criado: 
- ¡Pero quiero ver al hombre santo! 

- Usted ya lo ha visto – dijo el viejo-. A todos a los que usted pueda conocer en la vida, aunque parezcan simples e insignificantes… véalos, a cada uno, como un sabio hombre santo. Si hace esto, entonces cualquier problema que usted haya traído hoy aquí, estará resuelto.

(autor desconocido)

EL AUTÉNTICO CONOCIMIENTO


Cuentan que, en un país lejano, los discípulos de una orden monástica eran sometidos a pruebas muy duras. Un día, un maestro reunió a varios de ellos y les dijo: 

EL ÁRBOL QUE NO SABÍA QUIEN ERA


Había una vez en un lugar que podría ser cualquier lugar, y en un tiempo que podría ser cualquier tiempo, un jardín esplendoroso con árboles de todo tipo: manzanos, perales, naranjos, grandes rosales,...

A VECES, LA REALIDAD ES OTRA


Un renombrado erudito, con fama de perspicaz, paró al pie del camino, en una posada. Al observar unas huellas en la nieve, reflexionó así ante el posadero:

- He aquí las huellas de un hombre profundo y valeroso;

EL VENDEDOR DE PERIODICOS



Sydney Harris, en una ocasión, fue con un amigo a comprar el periódico.

Su amigo saludo con simpatía y cordialidad al vendedor y éste le contestó con malos gestos, tirándole el diario prácticamente a la cara.
El amigo de Harris tomó el diario y, sin borrar la sonrisa de su cara y muy educadamente, se despidió del vendedor.

EL TIEMPO




Imagínate que existe un banco, que cada mañana abona en tu cuenta la cantidad de 86.400€.

Ese extraño banco, al mismo tiempo, no arrastra tu saldo de un día para otro: cada noche borra de tu cuenta el saldo que no has gastado.

¿Que harías?...