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No puede haber duda de que el poder de recordar y predecir, de realizar una secuencia ordenada a partir de un caótico revoltijo de momentos desconectados, es un maravilloso desarrollo de la sensibilidad. En cierto sentido, es el logro del cerebro humano, que proporciona al hombre los poderes más extraordinarios de supervivencia y adaptación a la vida.
Pero la manera en que utilizamos generalmente este poder tiende a destruir todas sus ventajas, pues sirve muy poco ser capaz de recordar y predecir si eso nos incapacita para vivir plenamente en el prese. ¿De qué sirve planificar la posibilidad de comer la semana próxima si realmente no vamos a disfrutar cuando llegue el momento? Si estoy tan ocupado planeando cómo comer la próxima semana que no puedo disfrutar realmente de lo que como ahora, me encontraré en la misma situación cuando llegue el «ahora» de las comidas a tomar la próxima semana.
Si mi felicidad en este momento consiste principalmente en revisar recuerdos y expectativas felices, sólo soy vagamente consciente de este presente, y seguiré teniendo esa vaga conciencia del presente cuando ocurran las buenas cosas que he estado esperando, pues me habré formado el hábito de mirar atrás y adelante, haciendo así que me resulte difícil atender el aquí y el ahora.
Entonces, si mi conciencia del futuro y el pasado me hace menos consciente del presente, debo empezar a preguntarme si estoy viviendo de veras en el mundo real.
Después de todo, el futuro carece por completo de sentido e importancia a menos que, más tarde o más temprano, se convierta en presente. Así, planear para un futuro que no va a convertirse en presente es tan absurdo como planear para un futuro que, cuando llegue, me encontrará «ausente», empeñado en mirar por encima del hombro, en vez de mirarle a la cara.
Alan Watts en su libro La sabiduría de la inseguridad

























