Según los estudios más recientes, cada vez respiramos más rápido, unas quince veces por minuto. La respiración lenta se define como aquella que está por debajo de unas diez respiraciones por minuto. Los especialistas comentaron que se sabe desde hace décadas que la respiración lenta favorece a personas con hipertensión, ya que su práctica durante escasos minutos produce una reducción momentánea de la presión arterial y regula el ritmo cardíaco.
Según me comentó el doctor Walter Magerl, de la Universidad de Heidelberg, estudios basados en neuroimágenes han mostrado que la respiración lenta activa en el cerebro regiones como la corteza prefrontal, los sistemas límbicos y las cortezas motoras y parietales. Por lo tanto, al respirar lento se favorecen procesos como la cognición, la gestión de las emociones y las sensaciones corporales.
Me resultó curioso que los neurólogos que trabajan en las unidades del dolor de los hospitales estuvieran tan interesados en esta técnica. La razón es que tiene efectos analgésicos sobre el cerebro. Un estudio realizado entre la Universidad Complutense de Madrid y el Centro de Biotecnología de Vitoria mostró que la práctica regular de la observación de la respiración y la ralentización de la frecuencia respiratoria mejoraban significativamente la calidad de vida de pacientes con dolor crónico, en este caso por discopatía —el desgaste de los discos intervertebrales—. Al parecer, esto se debe a que los umbrales del dolor, aquellos que fijan la intensidad de una sensación para ser percibida por el cerebro como dolorosa, aumentan y, por lo tanto, se presenta una mayor resistencia al dolor. Además, algo curioso, según estudios realizados en la Universidad de Burdeos, cuando esperamos la llegada de un dolor, lo amplificamos. Es decir, nos duele más. Sus experimentos mostraron que la práctica de la observación de la respiración controla este mecanismo automático del cerebro impidiendo la amplificación. El doctor Antoine Lutz, neurocientífico especializado en la percepción del cuerpo, que por allí andaba, me recordó que no se trata de que desaparezca el dolor, sino de no intensificarlo: «Aprender a distinguir entre dolor y sufrimiento es también una tarea mental», me comentó.
Querida Hannah, estos tiempos políticamente convulsos y la velocidad que está tomando el curso de nuestras vidas han disparado los niveles de ansiedad en la sociedad. Ya sabes que dedico largas horas de mi labor académica a explorar el estado de ánimo, con especial dedicación a la angustia, el aburrimiento y el hastío. Instruir, desde las escuelas y en los centros educativos superiores, en técnicas de prevención y atenuación de la ansiedad se ha tornado un tema urgente. En dicho congreso reparé en lo económico de estas técnicas, tanto por su nulo coste como por su facilidad de aplicación. La respiración lenta se me antoja una herramienta que cada cual debería llevar en su bolsillo. El profesor Mark Krasnow, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford, expuso los mecanismos cerebrales por los cuales la respiración lenta induce a la calma. Sus experimentos y los de otros colegas en diferentes centros de investigación han mostrado que reduce el estrés fisiológico al disminuir el tono simpático del sistema nervioso y aumentar el parasimpático. Además, un estudio más detallado de la anatomía cerebral ha señalado que el marcapasos neuronal que da cuenta de cómo respiramos, llamado complejo preBötzinger, reduce la actividad límbica o emocional del cerebro cuando el ritmo de la respiración es lento.
Imagino, querida Hannah, que después de leer estos beneficios, estarás deseando conocer cómo se lleva a la práctica. Permíteme que te transmita lo que he aprendido de estos profesionales.
Al igual que en cualquier práctica de contemplación, tómate un tiempo de reencuentro contigo misma. Te invito de nuevo a buscar un espacio de tranquilidad en casa o en un parque. Aunque si la situación lo requiere, esta práctica bien puede hacerse en el lugar de trabajo. ¡La respiración y su contemplación son muy discretas!
Toma consciencia de tu cuerpo. Siente los pies en el suelo, expande los dedos, siente el cuerpo perder rigidez en la exhalación, dejando los hombros caer. Sostén tu cuerpo recto, pero sin tensión. Y pacifica el gesto; eso siempre, Hannah.Respira naturalmente, como estabas haciendo hasta ahora. Deja que tu respiración se muestre ahora tal cual es. Y permítele ese espacio de libertad durante unos minutos.
Poco a poco vamos a ir ralentizando la respiración.
Al inspirar, cuenta hasta tres. Uno, dos y tres. Normalmente tardamos un segundo y medio en inspirar, así que estamos forzando la respiración para dilatar ese tiempo. Inspiramos en tres segundos. Uno, dos y tres. Un reloj puede ayudarte al principio. La inspiración debe estar presente durante esos tres segundos. Poco a poco, irás adquiriendo destreza en adaptar la inspiración a ese tiempo, de forma natural la entrada de aire concluirá en tres segundos. Requiere su tiempo: paciencia y mirada amorosa en este aprendizaje.
Uno, dos, tres. Inspirando.
La espiración debe prolongarse, exactamente debe ser el doble que la inspiración.
Querida Hannah, espira contando hasta seis. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Adapta la salida del aire a ese nuevo intervalo. Poco a poco se irá ajustando. Requiere su tiempo: paciencia y mirada amorosa en este aprendizaje.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Espirando.
Repite este ciclo 3-6 durante unos diez minutos.
Evita la tensión. No pasa nada si no se adapta. Ya lo hará. Paciencia y mirada amorosa en este aprendizaje.
Uno, dos, tres. Inspirando.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Espirando.
Notarás que de vez en cuando sientes la necesidad de realizar una respiración profunda que rompe el ritmo. Permítela, es la corteza frontal reforzando el control consciente de la respiración. Gran parte del tiempo es automática y, por lo tanto, controlada por estructuras profundas del cerebro. El control consciente de la respiración se realiza desde la corteza frontal y, para mantenerlo, sugiere de vez en cuando una inspiración fuerte que reorganiza sus redes cerebrales en esa costosa tarea de controlar voluntariamente las vísceras. Pero vuelve al marcapasos.
Uno, dos, tres. Inspirando.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Espirando.
Si después de unos diez minutos te sientes cómoda en este ritmo, te invito a ralentizarlo aún más.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Inspirando.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez. Espirando.
No dejes de observar la respiración, sigue siendo un encuentro con el templo. Que los números no te distraigan. Son solo el dedo que señala la luna.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Inspirando.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez. Espirando.
Con paciencia y mirada amorosa siempre, querida Hannah.
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Nazaret Castellanos en su libro El puente donde habitan las mariposas





























