ENSEÑANZA ZEN


Acudió al maestro zen con ánimo de saciar su sed de sabiduría. Su espíritu se revolvía inquieto, tenía la intuición de que había algo más allá de todo lo visible, pero no encontraba la respuesta que le calmase.
Impaciente, entró en la modesta cabaña donde vivía el maestro. Lo halló sumido en silencio, en meditación. Como no osaba interrumpir al que deseaba que fuera su maestro, no dijo nada, se quedó de pie en el umbral de la puerta, callado.
Para pasar el rato, el futuro discípulo se entretuvo en pasear su mirada por la estancia, volviendo de tanto en tanto al maestro, vigilando su respiración sosegada y su mirada entrecerrada, mirando al infinito.

Al cuarto de hora, se empezó a impacientar. El estar de pie allí, sin moverse del sitio, era incómodo: su maltrecha espalda daba señales de sentirse molesta ante tanta espera... espera que amenazaba con prolongarse por mucho más, ya que el maestro no mostró, en ningún momento, signos de cesar en su profunda meditación.

El joven pensó, en más de una ocasión, salir de la cabaña, "quizá será mejor si espero fuera, al menos podría sentarme". Barajó también la posibilidad de sentarse allí mismo, en el umbral donde se hallaba: "a lo mejor el maestro me está indicando a su manera que me siente y le siga en su meditación". Y, por supuesto, también pensó en largarse con viento fresco y volver otro día: "¿no le habré molestado y, por educación, me lo demuestra así, ignorándome?"

Los minutos pasaban y pasaban... y el joven no se movía. Al cabo de más de hora y media así, se sintió el más estúpido del mundo. Se moría de vergüenza y de rabia ante ese maestro idiota que no le hacía ni el menor caso, a pesar de estar allí tanto rato esperando. Hizo el amago mental de insultarle, de mandarle a freír espárragos, pero... Nada, no se atrevió. Había algo en la atmósfera de aquel cuarto semi oscuro, con aquel anciano venerable en perfecta posición de meditar, que...
 
...de pronto, saltó la chispa. ¡Y qué dicha, qué alegría más serena le llenó la mente! Sin entender muy bien por qué, pero entendiéndolo todo en el fondo, sus pensamientos negativos cesaron y se encontró a sí mismo mirando a un punto indefinido del suelo, sin dolor de espalda, sin enfado ni alegría, sin nada más que un trinar lejano de un pájaro, un susurro de una hoja arrastrada por la brisa detrás suyo, y la respiración suya y del anciano, que bailaban acompasadas.

Como tras una pesadilla, su mente despertó. En el rostro del joven brilló una suave sonrisa y en su mirada esa luz que otorga el haber dado el salto a un estado superior. Cerró los ojos agradecidos y, mentalmente, agradeció al maestro el haberle ofrecido ese koan que le había hecho vislumbrar el camino a recorrer.
 
Dio un par de pasos hacia atrás, saliendo de la cabaña, al tiempo que ejecutaba una leve pero sentida reverencia. Mientras giraba el torso para volver a casa, dijo, en voz baja: "Gracias, maestro".

El maestro, al oir los pasos, dió un leve respingo y abrió completamente los ojos. Recorriendo rápidamente el cuarto con la mirada, se frotó la nuca y dijo:
- ¡Caray, qué sueño más tonto! -al tiempo que soltaba un largo bostezo.

Sabiduría zen

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