María Magdalena y la descendencia de Jesús




En su vida física, Jesús fue, sin duda, una persona sumamente singular. Todas las fuentes, oficiales o no, subrayan su personalidad fuerte, generosa y muy atractiva, su carácter afable y equilibrado, su hablar reposado e incisivo y su gesticulación educada y tranquila. Un perfil, por tanto, de claro liderazgo que acentuó con un mensaje donde mezcló coherentemente los objetivos políticos inmediatos con contenidos de elevada índole espiritual, que entroncaban con la tradición mística de su gente. A esta tradición, que enlazaba con la de los esenios y que Jesús elevó y adaptó a su época, unió los saberes procedentes tanto del pensamiento de la antigua Grecia -a los que tuvo fundado acceso gracias a la notable presencia de escuelas helenísticas en la Galilea de entonces- como, muy particularmente, del propio mundo egipcio, donde ya fue de niño (Mateo 2, 13) y volvió de adulto, haciendo cierta la profecía “de Egipto llamé a mi Hijo” (Mateo 2, 13-15). Así, Jesús se convirtió en un rabí y en un gran maestro de los saberes herméticos y del conocimiento -gnosis- místico.

Por todo ello, fue querido y admirado por muchos y temido y odiado por otros. Sus seguidores más incondicionales fueron los nazarenos, así como los nacionalistas zelotes, muy leales a la memoria de su padre y que aspiraban a derrocar al gobierno impuesto por los romanos, expulsar a estos e instaurar la Casa de David. No obstante, a una parte significativa del pueblo hebreo le resultó difícil, sino imposible, asumir la intención de Jesús, obvia en todas sus manifestaciones públicas, de sumar a todos -judíos y gentiles, ricos y pobres, sin reparar en diferencias religiosas, socioeconómicas o étnicas- en pro de sus objetivos místicos y políticos.

El matrimonio entre Jesús y María Magdalena

Jesús, por otro lado, afianzó sus derechos dinásticos contrayendo matrimonio con María Magdalena, princesa de sangre real perteneciente a la poderosa Tribu de Benjamín. Históricamente, se arrastraban en Israel problemas de legitimidad dinástica derivados del paso del trono de Saúl, de la casa de Benjamín, a David, de la tribu de Judá. Con el enlace matrimonial entre Jesús (linaje de David) y María Magdalena (del de Benjamín) tales problemas quedaron superados, por lo que crearon una fuerte unión política capaz de reclamar legítimamente el trono de Israel. María Magdalena fue hermana de Marta y Lázaro, el “resucitado”, verdadera personalidad de Juan Evangelista. Lázaro unió a su condición de cuñado una gran admiración por Jesús, ofreciéndole siempre su amistad y un importantísimo apoyo, lo que le convirtió en el “discípulo amado” citado en los Evangelios.

A nadie puede extrañar que Jesús, como todo judío devoto, se casase. Las pautas sociales de la época prácticamente prohibían que un hombre judío fuese soltero y en la tradición hebrea el celibato era censurable, siendo obligación del padre buscarle una esposa adecuada a sus hijos. Y sobre el enlace matrimonial entre Jesús y María Magdalena hay numerosas referencias en muy diversos textos. Así, por ejemplo, en escritos apócrifos como el Evangelio de Felipe, que en su Sentencia 55 señala que “la compañera del Salvador es María Magdalena; Cristo la amaba más que a todos sus discípulos y solía besarla en la boca”. Lo cierto es que las bodas de Caná, en Galilea, por el año 27, fueron las de María Magdalena y Jesús, siendo coincidente, por tanto, su identidad con la del esposo -en calidad de tal lo trata el maestresala en el episodio evangélico (Juan 2, 9-10)-.

Esta verdad ha intentado ocultarse bajo mil mentiras, llegando incluso a hacer de la Magdalena una prostituta redimida, una perversa invención del papa Gregorio I, en el año 591, cuyo error no ha sido corregido oficialmente por la Iglesia hasta 1969. Mas lo cierto es que María Magdalena fue la esposa de Jesús, tuvo con él descendencia, al menos tres hijos (una hembra y dos varones), y desempeñó una función crucial en el apoyo permanente a la labor de su marido y como depositaria de la semilla de su estirpe real. Y si fue “pecadora” se debió a que profesaba de manera abierta su devoción por dioses y, sobre todo, diosas ajenos a las creencias judías y que enlazaban directamente con la tradición egipcia. Asimismo, tuvo profundos conocimientos esotéricos, lo que sumado a su saber acerca de la misión política y espiritual de Jesús provocó que en algunos textos se la señale como “la que lo sabía todo”.

Huida hacia Saintes Maries de la Mer, en el sudeste francés

Tras la crucifixión y ante la feroz persecución de romanos y judíos hacia los “cristianos”, la familia de Jesús y parte de sus más fieles seguidores huyeron de Palestina. Concretamente, en torno al año 35, desembarcaron en lo que hoy día es Saintes Maries de la Mer, en la comarca de Camargue, en el sudeste de la Francia de hoy. En la comitiva se encontraba, lógicamente, María Magdalena, que estaba embarazada de su tercer hijo con Jesús y a la que acompañaban los dos vástagos ya nacidos de ambos: una niña, Tamar, de 5 años; y un niño, Jesús, de 2. También iba el “discípulo amado”, Lázaro (recuérdese, hermano de Magdalena y cuñado de Jesús), que fundó allí el primer obispado, además de Felipe, Maximino -constituyó el obispado de Narbona- y José de Arimatea. De la llegada de éste al sur de Francia en el referido año dejó constancia el cardenal y bibliotecario vaticano Baronio en los Annales Ecclesiastici, de 1601.

Más tarde, José de Arimatea continuó rumbo a Britania, donde construyó un templo en Glanstonbury y abrió un linaje al que siglos después perteneció Perceval y del que sobrevino la tradición esotérica en torno al rey Arturo y la Mesa Redonda. Una tradición que hay que datar no en la época medieval, como se acostumbra, sino alrededor del siglo V y en relación con el curioso mestizaje religioso-cultural entre el pensamiento cristianismo más puro, las creencias druidas y la influencia de pueblos germánicos como el sicambro, del que nació la dinastía merovingia (la película El Rey Arturo, de Antoine Fuqua, aporta una nueva visión de los hechos que se aproxima a esta realidad histórica)


Fuente y  artículo completo en  El Cielo en la Tierra

2 comentarios:

  1. ...Y ¿todo eso, cómo se sabe?
    Un abrazo.

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  2. ...Y, todo eso, ¿cómo se sabe?
    Un abrazo.

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