Un día, de joven, cuando estudiaba shodo (caligrafía) en la escuela a la que me envió mi padre, pisé una planta camino de la sala de meditación. Sentí la tierra entre los dedos, el tacto de las hojas en la piel. Bajé la cabeza y vi el destrozo. Enseguida me agaché e intenté dejar plantada en su sitio a la pobre flor desmayada a causa de mi distracción.
El maestro me esperaba para enseñarme unos ejercicios, pero se dio cuenta de mi agitación y quiso saber qué la había provocado.
Valoré unos instantes si explicárselo. Unos momentos que él aprovechó para decirme que no lo pensara, que inventar una mentira saldría mucho más caro que asumir los hechos. Tenía razón. Ya había pasado alguna otra vez por una situación similar. Le relaté el accidente. Asintió y se quedó un rato en silencio. Por fin dijo:
–¿Y cómo es que no has visto la planta, Osamu?
–Iba pensando en otra cosa, maestro. Pido disculpas. Sé que toda vida merece el mismo respeto.
–Sé que lo sabes y está bien que sea así. ¿Y qué ibas pensando, Osamu?
–No lo sé, maestro. Algo que me tenía preocupado, seguro, porque lo cierto es que no me he dado cuenta de que salía del camino de piedras y metía el pie en el parterre. –Tenía la impresión de que el tema quedaría zanjado con el reconocimiento del error.
–¿Pensar? ¿Y dices que no sabes lo que pensabas? Eso no es pensar, Osamu. Eso es tener la cabeza ocupada. El pensamiento es un ejercicio útil de la mente.
Su respuesta me desconcertó. Pero él siguió:
–El pensamiento es una herramienta que tenemos que utilizar con responsabilidad. Lo que ha ocurrido es que tenías la mente ocupada y no estabas atento a lo que hacías.
–Sí, maestro –admití.
–De acuerdo, Osamu. Ahora irás al jardín y recogerás y contarás todas las hojas que haya en el suelo.
¡Pero si estamos en otoño! ¡Si hay un millón de hojas por el suelo! Eso es lo que pensé pero, como es natural, no lo dije. Me limité a seguir las instrucciones del maestro.
Cuando habían pasado unas cuantas horas y empezaba a oscurecer, el maestro apareció en el jardín. Yo estaba tan concentrado en mi trabajo que casi me asustó.
–Ya has acabado, Osamu. Qué bien ha quedado. ¿Cuántas hojas has contado?
–Dos mil ochocientas, maestro. –Las tenía todas arrinconadas bajo el porche que llevaba a la zona de las habitaciones.
–¿Y qué has comprobado?
–¿Que sé contar hasta dos mil ochocientos? –dije un poco en broma pero también un poco enfadado. Me parecía absurdo haber dedicado aquellas horas a contar hojas.
–Eso también –rio el maestro y disculpó mi impertinencia–. Pero mira a tu alrededor y recuerda, Osamu, que cuando la mente está atenta, a nuestro alrededor creamos armonía. El silencio que albergamos dentro se proyecta en el orden que provocamos fuera.
Miré el jardín y, era cierto, estaba radiante.
–Ahora déjalas donde están. La brisa de la noche volverá a dispersarlas, Osamu.
Abrí los ojos como si estuviera viendo hablar a un dragón. El maestro no me dejó protestar ni contestar. Explicó:
–Con lo que te ha costado recogerlas y contarlas, fíjate qué fácil es crear otra vez el desorden. Se necesitará solo un instante de descuido. Ahora lo sabes. Mañana, cuando vuelvas a ver el jardín cubierto por las hojas, lo aprenderás.
Flavia Company en su libro MAGÔKORO Carta del padre de Haru
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