SALUD GEOAMBIENTAL



LOS ORÍGENES: LA GEOBIOLOGÍA

La salud geoambiental es un concepto de interés creciente en el siglo XXI a raíz de la penetración generalizada de las nuevas tecnologías en los hogares y oficinas. Los conocimientos científicos actuales permiten investigar, detectar y medir multitud de fenómenos que hasta hace poco no existían, como pueden ser las radiaciones provocadas por routers wifi, teléfonos inalámbricos, antenas de telefonía móvil, techos y suelos técnicos, etc. Pero la ciencia también permite profundizar en conocimientos que acompañan al ser humano desde la antigüedad y que el racionalismo propio de la era actual ha ido arrinconando sin mayor análisis. 

Sin embargo, desde hace siglos, el hombre siempre ha sido capaz de entender la influencia del magnetismo de la tierra en nuestra salud, detectar zonas geopatógenas y decidir cuál es el sitio más sano para vivir. Ha sido consciente de las radiaciones naturales que emanan del terreno y de sus efectos en la salud, y ha podido detectarlas por métodos de biosensibilidad. Estos conocimientos ancestrales fueron recogidos en una ciencia multidisciplinar conocida como Geobiología, que estudiaba la relación e interacciones entre la tierra (Gea) y los seres vivos (bios=vida), conjugando conocimientos de Astrofísica, Geofísica, Biología, Electrónica, Medicina y Arquitectura, entre otros. 

Hoy en día la salud geoambiental recoge todos estos conocimientos científicos de forma más actual para estudiar los campos físicos naturales (eléctricos, magnéticos, radiactivos…) de nuestro entorno cercano e identificar los parámetros que son peligrosos para la salud. Hoy en día con la ayuda de geomagnetómetros, detectores de campos eléctricos, magnéticos y variaciones de la radiactividad natural, es posible determinar de forma contrastada la mejor ubicación del hábitat (vivienda u oficina) y así evitar situarlo en áreas de influencia dañina que pudieran provocar efectos nocivos en la salud. 

Redes geomagnéticas y alteraciones geofísicas

Los factores naturales que se han estudiado tradicionalmente desde la Geobiología y que se estudian hoy en día con aparatología moderna desde la Salud Geoambiental son:

Alteraciones geofísicas: fallas geológicas y fracturas del terreno, áreas de contacto entre diferentes tipos de materiales, corrientes de agua subterránea y otros elementos del subsuelo pueden provocar tanto alteraciones electromagnéticas locales en la vertical de dichos fenómenos, como cambios en los niveles de radiación ambiental.

Líneas Hartmann: red geomagnética natural cuyas líneas de fuerza conforman una malla orientada norte-sur con celdas de 2 por 2,5 metros aproximadamente.

Líneas Curry: red geomagnética natural cuyas líneas de fuerza están orientadas noreste-sureste y sureste-noroeste, aproximadamente cada 6 u 8 metros.

Radiactividad ambiental procedente de las rocas y materiales del terreno, que con frecuencia puede traducirse en grandes concentraciones de gas radón, una sustancia altamente cancerígena, según la Organización Mundial de la Salud.


Las líneas HARTMANN conforman una red de fuerza, también conocida como red Hartmann, en forma de cuadrícula orientada norte-sur. Las líneas de esta cuadrícula están alineadas norte-sur cada 2 metros y este-oeste cada 2.50 metros aproximadamente. No se trata de una cuadrícula perfectamente regular, sino que puede sufrir fluctuaciones, distorsiones locales o leves desviaciones debidas a la presencia de elementos geológicos como fallas o corrientes de agua subterránea, o bien por el influjo de masas metálicas importantes, como la estructura de un edificio, la caldera en un sótano, etc. Las líneas Hartmanntienen una anchura de unos 21 cm, aunque esta medida también es variable en función de la composición local del subsuelo o de la concurrencia de determinados fenómenos naturales, como pueden ser los terremotos, que ocasionan importantes alteraciones en el campo magnético terrestre. 

Las líneas Hartmann forman paredes invisibles verticales que cubren toda la superficie terrestre. Estas tramas energéticas tienen efecto a una altura considerable y atraviesan cualquier tipo de material, por lo que afectan tanto a las viviendas de planta baja como a las de un piso 20 y superiores.
En las zonas de cruce de la cuadrícula se forman zonas especialmente geopatógenas, es decir, con efectos potencialmente nocivos para la salud si se permanece en ellas durante muchas horas al día. Por el contrario, las zonas situadas entre estas líneas geométricas son consideradas zonas neutras, es decir, zonas donde no se registran alteraciones en el campo magnético natural terrestre. Estas zonas intermedias en medio de la red Hartmann no tienen efectos nocivos sobre la salud de los seres vivos. 

Las líneas Hartmann son la manifestación física de la interacción de dos tipos de energías: la energía telúrica (del latín Tellus, la Tierra), es decir, la procedente del núcleo de nuestro planeta, y la energía cósmica, es decir, la procedente del fondo del cosmos y que se refleja o refracta sobre la corteza terrestre.

El nombre de esta red geomagnética natural se debe al doctor Ernst Hartmann (1925-1992), licenciado en Medicina por la Universidad de Heidelberg (Alemania), que dedicó gran parte de su vida a estudiar la relación entre la enfermedad y la radiación telúrica. Realizó extensas observaciones sobre el vínculo existente entre biología y clima, y a partir de 1948 profundizó en las diferentes manifestaciones en las que se traduce la interacción entre el suelo, el ser humano y las condiciones climáticas.

Hoy en día, la permanencia frecuente en la vertical de algunas de las líneas Hartmann y sus cruces se relaciona con alteraciones en el sistema inmunológico, endocrino y hormonal. Esto puede traducirse en malestares y desequilibrios tales como insomnio, cansancio crónico, dolores musculares, estados de ansiedad, hiperactividad, nerviosismo o depresión, e incluso un aumento en la incidencia de determinadas enfermedades degenerativas. Si la presencia de un cruce Hartmann coincide, además, con alguna otra alteración geofísica, como fallas o corrientes de agua subterránea, se multiplica el efecto geopatógeno de la zona en cuestión. 

La actividad magnética de las líneas Hartmann se puede percibir, en ocasiones, a simple vista: 

Por la presencia de árboles en cuyo tronco se detectan fuertes nudosidades o malformaciones, mientras que los ejemplares del entorno inmediato tienen un tronco normal y liso.
Por la presencia continua de insectos, localización de hormigueros, etc.
Por la presencia de plantas marchitas que sin embargo, al ser cambiadas de lugar, reviven.

Las líneas Curry conforman una red geomagnética natural similar a la red Hartmann. Su principal diferencia radica en que las líneas Curry están orientadas en sentido noreste-sureste y sureste-noroeste, aproximadamente cada 6 u 8 metros y llegando a alcanzar los 16 metros de distancia. Esta orientación diagonal respecto a los puntos cardinales puede tener su explicación debida al efecto dinamo dipolar y toroidal que se establece por la rotación constante de la Tierra, así como por la generación de fuertes campos energéticos debidos a la fricción y resistencia entre la corteza terrestre y las otras capas del planeta.

El grosor de las líneas Curry es de unos 40 cm aproximadamente aunque, como ocurre con las líneas Hartmann, estas medidas no son constantes. La red Curry puede experimentar también variaciones y fluctuaciones en función del influjo de otras alteraciones geofísicas. 

Esta red geomagnética natural, de carácter global al igual que la red Hartmann, recibe su nombre de Manfred Curry (1899-1953), científico estadounidense de origen alemán que, tras las investigaciones realizadas junto a su colega Siegfried Wittman, describió por primera vez la existencia de estas líneas de fuerza, a las que se atribuyen un carácter aún más nocivo para la salud que las líneas Hartmann. Los efectos geopatógenos de las líneas Curry se detectan de forma predominante tanto en la vertical de las líneas como en los cruces de la red. 

ALTERACIONES GEOFÍSICAS 

El subsuelo sobre el que están construidas nuestras viviendas y oficinas, o sobre el que planeamos construir un inmueble, puede afectar al entorno electromagnético de la superficie. Bajo el suelo que pisamos puede haber fallas, diaclasas o grietas; puede haber distintos tipos de materiales en contacto entre sí, provocando reacciones físicas y químicas que afloran a la superficie; puede haber corrientes de agua subterránea, acuíferos o masas de agua, con lo que los campos geofísicos en el ambiente pueden variar.
En suma, existe un conjunto de factores geofísicos que pueden influir en nuestro hábitat, provocando variaciones en el campo magnético y eléctrico de nuestro entorno. Dado que nuestros órganos vitales funcionan mediante mecanismos electromagnéticos, las variaciones electromagnéticas en nuestro entorno cotidiano interfieren con nuestros ritmos vitales y pueden debilitar nuestra salud, abriendo la puerta a enfermedades. 

Fallas geológicas

La corteza terrestre está en continuo movimiento por efecto de las fuerzas sísmicas y tectónicas. Estas fuerzas producen fallas, fisuras, grietas, diaclasas… Son discontinuaciones o fracturas en las rocas del subsuelo, y estas alteraciones pueden estar presentes en cualquier lugar bajo el terreno en el que vivimos. 

Cuando esto ocurre, las partes del terreno que se han fracturado ponen en contacto superficies de naturalezas diferentes; a menudo forman incluso cavidades subterráneas. En la vertical de estos fenómenos emanan, por la ley de mínima resistencia, todo un conjunto de energías procedentes del subsuelo, fuertes radiaciones gamma e incluso gases radiactivos. Esto tiene efectos ionizantes en la atmósfera de la superficie, y también influye en el campo magnético de nuestro entorno, provocando variaciones de distinta magnitud. 

Aguas subterráneas

El agua subterránea representa una fracción importante de la masa de agua total presente en los continentes de nuestro planeta. Las corrientes de agua subterránea, acuíferos, bolsas de agua, sumideros y filtraciones llenan cavidades del subsuelo y circulan por galerías subterráneas, pero también ocupan los poros y grietas del subsuelo. Su presencia bajo el suelo que pisamos disminuye el valor del campo magnético terrestre y aumenta la radiación gamma (radiactividad), además de provocar intensas variaciones en la ionización del aire. Su área de influencia va en función del tamaño de su caudal: cuanto mayor sea éste, más amplia será la zona afectada en la superficie. 

Dado el comportamiento dinámico de las aguas, es difícil prever si una corriente o acuífero del subsuelo permanecerá mucho tiempo en ese lugar o si se filtrará y dispersará. En cualquier caso, no interesa tanto conocer la naturaleza del acuífero sino más bien los efectos que provoca en la superficie que habitamos, puesto que son las variables en superficie las que afectan a nuestra salud, y no la presencia de agua en sí. 

Evidentemente, si se combinan varios de estos factores geopatógenos, como una corriente de agua subterránea, una línea Hartmann y un cruce Curry, el efecto nocivo de la zona será mucho mayor. Un experto en salud geoambiental puede detectar todos estos factores de riesgo y diseñar soluciones que preserven nuestro bienestar. 


RADIACTIVIDAD AMBIENTAL Y GAS RADÓN

La radiactividad es un fenómeno físico natural que se produce cuando en la estructura atómica de cualquier sustancia no existe un balance correcto entre protones y neutrones. El físico francés Henri Becquerel descubrió este fenómeno en 1896 al constatar que ciertas sales de uranio emitían radiaciones espontáneamente y velaban las placas fotográficas envueltas en papel negro. Más tarde, el matrimonio Curie encontró otras sustancias radiactivas como el torio, el polonio y el radio. Marie Curie recibió en 1903 el Premio Nobel de Física, y fue la primera mujer en obtener tal galardón, por sus estudios sobre la radiactividad. 

Tendemos a identificar el fenómeno de la radiactividad con determinadas instalaciones artificiales, como las centrales nucleares o los aparatos de rayos X, pero lo cierto es que también existe en la naturaleza. De hecho, vivimos en un medio ambiente radiactivo. Nos llega radiactividad natural procedente del cielo (radiación cósmica), del aire que respiramos (que contiene carbono y puede contener gas radón) y del suelo (donde puede haber uranio y torio). Nuestro cuerpo también contiene elementos radiactivos: por ejemplo, necesita el potasio para sobrevivir y lo obtenemos de la sal común. 

Sin embargo, la radiactividad natural se convierte en un riesgo para nuestra salud cuando aumenta hasta un grado que nuestro organismo no está preparado para asimilar. Con frecuencia, se registran altos niveles de radiactividad en nuestro entorno cotidiano debido a la composición mineral del subsuelo en zonas localizadas. El terreno que pisamos o sobre el que están edificadas nuestras viviendas puede tener granito, arcillas, etc, que tienen una alta concentración de uranio que, como ya hemos visto, es altamente radiactivo. Este mineral también está presente en determinados materiales de construcción y decoración, como algunos tipos de gres o de cerámicas, o ciertos tipos de cemento. 

En su proceso natural de descomposición, el uranio emite gas radón, que está clasificado oficialmente por la Organización Mundial de la Salud como la segunda causa de cáncer de pulmón en el mundo. El resultado es que nuestro hogar o nuestra oficina pueden registrar altos niveles de radiactividad natural y de gas radón sin que seamos conscientes de ello, puesto que el gas radón es inodoro, insípido e invisible. Una alta concentración de gas radón en el aire que respiramos satura nuestros pulmones de elementos radiactivos cancerígenos. 

La radiactividad ambiental se puede detectar y medir de forma muy sencilla con un contador Geiger, que localiza las partículas radiactivas del entorno y mide el número de impulsos de corriente eléctrica que produce dicha partícula. También existen métodos sencillos para detectar y medir las concentraciones de gas radón presentes en el ambiente. La primera medida de precaución que debemos tomar en esta situación es garantizar la correcta ventilación diaria del inmueble afectado, sobre todo al nivel del suelo, que es donde se dan las mayores concentraciones de gas radón. 

En España, las mayores concentraciones de gas radón se producen en el centro de la Península, en el oeste y en el noroeste; es decir, donde hay una mayor presencia de suelos graníticos. 






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