MIRAR DESDE EL SILENCIO


“El no prestar atención nos mantiene en un ciclo interminable de caprichos, nos movemos de una cosa a la otra porque no llegamos a absorber lo que ya tenemos; la inatención crea la necesidad de una escalada de estímulos” 
(Sharon Salzberg). 

“La facultad de traer de vuelta deliberadamente la atención errante, una y otra vez, constituye el fundamento mismo del discernimiento, del carácter y la voluntad. Nadie es maestro de sí mismo si no la tiene. La educación que mejorara esta facultad sería la educación por excelencia” 
(William James)


Estamos condicionados a mirar el mundo con ojos ávidos. Mientras vivamos con poca conciencia, con la mente puesta en otra parte la mitad del tiempo, nos insensibilizamos hacia las pequeñas delicias de la vida, que sólo están disponibles en el presente para una mirada silenciosa. Nuestro umbral de asombro es demasiado alto, vivimos relativamente anestesiados y necesitamos de mucho estímulo externo (placentero o doloroso) para sentirnos vivos. En la medida en que lo que ayer nos satisfacía ya no nos satisface hoy, necesitamos de crecientes cantidades de estímulo, cayendo en comportamientos adictivos, lo que Sharon Salzberg llama “una interminable cadena de anhelos”.

La buena noticia es que estos condicionamientos no son irreversibles, es decir que no estamos condenados a estar vivos a medias el 53% de nuestra vida. Nuestro cerebro es neuro-plástico, es decir, es capaz de cambiar funcional y estructuralmente a través de la experiencia y, en particular, a través del entrenamiento de nuestra capacidad de atención y concentración. La concentración, ese gesto interno cultivable donde mente y cuerpo son “no-dos” −como diría un maestro Zen−, silencia gradualmente el comentarista interno, y paulatinamente disuelve la maquinita de realidad virtual que imponemos a menudo sobre la experiencia directa. 

La mente capaz de concentrarse produce una mirada silenciosa que no mira al mundo exigiéndole nada, sino que honra amorosamente la belleza que anónimamente nos es regalada momento a momento.


Para Cultivar la Mirada Silenciosa

Medita. Una práctica tradicional para cultivar la mirada silenciosa consiste en concentrarse en la respiración. Es una práctica realmente efectiva que ancla la mente al presente a través de traer una y otra vez nuestra atención a las sensaciones corporales de nuestra respiración (usualmente en el abdomen o en la nariz). Se puede comenzar por pocos minutos, e ir ampliando la duración de las meditaciones a medida que nuestra energía aumenta con la práctica. 

Trae tu mente a casa. Un buen ejercicio es preguntarse: ¿Qué estoy haciendo? ¿Dónde está mi mente ahora mismo? Y, sin juzgarnos, recolectar nuestra mente y volver la atención a lo que estamos haciendo. Una y otra vez...


Conecta con la vida. Pasa algún tiempo en contacto con la naturaleza, observa y toca un árbol, escucha a los pájaros, siente el pasto, mira el mar o mira el cielo y sus nubes...


Cultivando una mirada silenciosa, disminuye tu umbral de asombro y aprecia la magnificencia de lo simple.


Extractado de un artículo publicado en Red Mindfulness

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