El Haba y la Ortiga

Había, una vez, no hace mucho tiempo, un agricultor doméstico que, al llegar el otoño y como todos los años, había sembrado  habas en su reducido huerto, ayudado por sus dos nietos,  en envidiable juego.


Era un otoño lluvioso y ventoso, no por ello desapacible, por ser la paz  y el silencio elementos intrínsecos a cualquier otoño que se precie. 


La abundante lluvia y el esporádico sol  ayudaron a la madre tierra a alumbrar aquellas habas bebés que, juguetonas al viento, hacían sonreír, muy satisfechos,  a los artífices de su siembra.

Pero no estaban solas. Junto a ellas, brotaron,  alegres y confiadas,  gran cantidad de ortigas. También nacieron tréboles,  de tres hojas, pero menos. Lo que más había eran ortigas, incluso más que habas, lo que resultaba preocupante. Y ocurrió que aquellas  habas tuvieron una infancia feliz y muy juguetona, gracias a sus compañeras íntimas las ortigas.

Cierto día, se sorprendieron viendo cómo el doméstico agricultor, con sus enormes botas, entraba  en la huerta y, con una temible mano enguantada, iba arrancando, de forma exterminante, todas  la ortigas que encontraba a su paso. Las jóvenes habas se quedaron atónitas, inmóviles, contemplando aquella inexplicable desolación. "¿Por qué?"...Quizás no fuera esa la palabra que se decían, porque no sabían su significado, pero sí sintieron ese enorme interrogante, por primera vez, desde dentro, desde sus tiernas raíces. Ese mismo sentimiento tuvieron las pacientes ortigas, al enfrentarse al final de sus días. 


Las más bajitas y las que se echaban a tierra  a tiempo se escapaban del guante exterminador. Una pequeña sobreviviente, enervada y con todo su urente líquido concentrado en los pelos de sus hojas, dirigiéndose a un una joven haba, se lamentaba:

- ¡No lo puedo entender! ¿Cómo es que a ninguna de vosotras le ocurre nada? ¿Por qué solo arranca ortigas?

-Yo tampoco lo entiendo, amiga. Pero, si te sirve de consuelo, he observado que no sólo arranca ortigas, también quita el trébol y otras hierbas que, por cierto, no las echa  al mismo montón que a vosotras.

Se encontraban intentando dar respuesta a estos y otros muchos interrogantes que les surgían, cuando, he aquí que, acertó a pasar, junto a ellas, un lindo gatito que, muy precavido, colocaba suave y armoniosamente sus patas sobre la tierra, como intentando no dañar a nadie y, mucho menos, a las habas y a las supervivientes ortigas a quienes olfateaba, con toda precaución, receloso de que pudieran dañarle el hocico.

-Perdone, señor gato- - dijo el haba, respetuosamente- nos gustaría hacerle algunas preguntas, si es tan amable.

El gato se detuvo sorprendido. Era la primera vez que alguien  le llamaba señor, le pedía perdón, sin haberle ofendido, y apelaba a su amabilidad. Era una voz infantil, pero no había ningún niño a su alrededor; ¿de dónde procedía?, se preguntaba,  mirando y moviendo sus orejas en todas las direcciones.

- Aquí, señor, a su lado izquierdo, somos nosotras, el haba y la ortiga.

- Ah, hola, no sabía...Bueno, no os localizaba,  -se corrigió el gato, adoptando pose de sabio-. ¿Qué deseáis saber, pequeñas ?

- Estamos hechas un verdadero lío. Tú, que vives con los humanos,  quizás puedas sacarnos de dudas. ¿A qué viene este exterminio, por qué quita las ortigas y otras hierbas?

- Bien, jovencita. No es fácil responder  a tu pregunta, porque no es fácil entender a los humanos -dijo el gato, mientras se atusaba, lentamente, los pelos del bigote izquierdo,  tal y como le había visto hacer a sus mayores, en circunstancias críticas-.Nosotros, los gatos, como animales domésticos que somos, los entendemos bastante bien. Iba a añadir "afortunadamente", pero no lo hago, por respeto a mi abuelo que siempre se está lamentando de nuestra familiaridad con los hombres. El, gato callejero y libre como el viento, siempre está refunfuñando contra los humanos:  que si ya padecemos sus mismas enfermedades por comer la misma comida basura que ellos..., que a saber con qué estarán hechas esas insípidas bolitas de pienso con que pretenden alimentarnos...., que si cada día nos parecemos más a ellos en nuestra competitividad, injustificadas peleas, agresividad y mal humor...,  y toda una retahíla de protestas, quizás muy bien fundadas. 
Pero,  bueno, esto no viene al caso. Volvamos a vuestra pregunta.  Habéis tenido suerte, yo puedo contestar, porque yo los entiendo  - dijo el gato, aumentando su autocomplaciente pose de sabio-. Ellos  siempre hacen las cosas guiados por un "para qué". Piensan  mucho. Tienen muy desarrollado el sentido de la utilidad, lo que les sirve y lo que no,  y siempre están volcados hacia el futuro.  En el caso que nos ocupa, queridas mías, quita ortigas y demás hierbas porque piensa que estorban al desarrollo de vosotras, las habas. Tenéis una función de utilidad para ellos, su alimentación, y por eso os cuida y protege.  Deberías estar satisfecha de tu suerte, amiga haba.

- Y yo  ¿qué? - dijo la pequeña ortiga herida en su orgullo- ¿Acaso nosotras no cumplimos también una función de utilidad en la naturaleza?  Pues, para que te enteres, te diré que mi madre me dijo, un día, que nosotras teníamos una función de abono muy importante. Concretamente,  me contó que con nosotras se elaboraba  el célebre "purín de ortiga".

- No te enfades, joven, -dijo el gato, conciliador-. He oído hablar de ese célebre purín, evidentemente, aunque reconozco que no se exactamente en qué consiste ese importante abono. Siendo así, es muy posible que sea por ese  motivo por el que os coloca en montón aparte. -Luego, con voz solemne y pausada,  sin conocer muy bien el alcance de su significado, recitó lo que, en una ocasión, había oído decir a su amo y que estimó venía al cuento -. "Todos tenemos una misión en esta vida, un papel que cumplir. Cada uno de nosotros,  desarrollando nuestros dones, nuestras cualidades y capacidades,  sin juzgar si son mejores o peores que las de otros,  contribuimos  a la armonía de nuestra madre naturaleza. Debemos dejarnos fluir, como el agua,  y hacer, en cada momento,  lo que tenemos que hacer".

El gato, sorprendido del tono solemne de sus propias palabras, guardó un reflexivo silencio  y se quedó escuchando  una especie de eco que quedó en el aire " ...fluir, como el agua, y hacer, en cada momento, lo que tenemos que hacer...". Luego, muy seguro de sí mismo,   añadió, paternal y convincente:

 - Creo que nosotros, los no humanos, no necesitamos de esas rimbombantes reflexiones. Somos lo que somos y hacemos lo que tenemos que hacer, sencillamente, desde dentro. Tenemos la ventaja sobre los humanos de que, como no pensamos, estamos anclados en la vida, en el presente. En esto nos envidian e intentan imitarnos, según mi abuelo. 

El haba y la ortiga  le miraban,  con las hojas muy abiertas, rendidas de admiración, aunque sin entender del todo el significado de sus palabras que sonaban muy melodiosas y debían estar cargadas de razón  y sabiduría. En cualquier caso, había una cosa cierta:  que aquel joven gato filósofo había conseguido satisfacer su curiosidad, produciendo en ellas, con sus sabias palabras,  una serenidad apacible. Ambas le quedaron hondamente agradecidas, de por vida.
J L



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