DOÑA HONRADEZ y DON DINERO. ¿Cuento?


Ocurrió, en una ocasión, que se encontraron, frente a frente, Doña Honradez y Don Dinero. Tenían que pasar un río y sólo existía un puente estrecho de madera, sin protección lateral alguna, en el que no era posible el cruce de dos personas, sin riesgo de caer al agua.

Doña Honradez iba vestida  a la antigua usanza, por ser un valor de toda la vida. Eso sí, muy elegante, resaltando su belleza natural con vestido de amplia falda larga, corsé y enaguas almidonadas que ensanchaban su figura, dificultando, aún más, el cruce con Don Dinero, en aquel angosto puente. Además, iba tocada con amplia pamela y sofisticada sombrilla para protegerse del inclemente sol.

Don Dinero, grueso por naturaleza y ostentoso en el vestir, lucía un impecable traje de alpaca gris, con chaleco, pajarita, pañuelo  azul asomado al bolsillo superior izquierdo de la americana y flor silvestre en el ojal. Calzaba brillantes zapatos negros abotinados. En su mano, un estiloso  bastón de madera de ébano, rematado en una cabeza de lobo, de marfil .

Ambos se detuvieron en el centro del puente. Doña honradez, con dignidad displicente y autoritaria, hizo un gesto con su abanico, indicándole a Don Dinero que se quitase de en medio. Este permaneció en su sitio, impertérrito, dirigiéndole una mirada fija y fría.
Doña Honradez se sonrojó, indignada. Desde su condición de señora, apeló a la dignidad del caballero, exigiéndole que retrocediera al comienzo del puente, dejándole el paso franco. Don Dinero no se inmutó, permaneció en el mismo sitio, con la misma mirada, fija y fría.
Muy alterada y nerviosa, ante semejante desfachatez, le dijo a Don Dinero que, si pretendía pasar, tendría que ser pisoteando su cuerpo,  lo que equivalía al dicho pasando sobre su cadáver. Dicho esto, se acostó sobre el reducido puente de madera, recogiendo el amplio y pomposo vestido en torno a su cuerpo, con modestia y compostura,  y colocando la pamela sobre su pecho para cubrir su generoso escote.
Don Dinero sonrió, sarcásticamente. Le dijo que no la iba a pisar, que él siempre miraba, minuciosamente, dónde ponía los pies, para no dar pasos en falso. Acto seguido, avanzó el brillante zapato y puso un pie a la altura del extremo bajo del corsé de Doña Honradez. Seguidamente, ayudándose de su bastón de cabeza de lobo, de marfil, de un solo impulso, tiró a Doña Honradez al río, y prosiguió su camino, impasible y cínicamente, sin tan siquiera volver la vista para interesarse por la suerte de su víctima.


Se cuenta que Don Dinero fue deshaciéndose, progresivamente, de todos y cada uno de los principios morales con los que se iba enfrentando. También se habla de que, cada día, fueron más sus incondicionales seguidores y adoradores. Y cuenta la leyenda que Don Dinero crecía y engordaba, sin límite aparente, hasta que, un día,  explotó aparatosamente, debido a un escape de gas yo-yo (o algo así) que entró en contacto -no se sabe cómo- consigo mismo.
J L 

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