domingo, 1 de agosto de 2010

EL CARRO DEL DESEO

 
Había, una vez, un hombre que tenía que hacer un largo viaje. Enganchó un carro  a su caballo  e inició la marcha hacia su destino, al que debía llegar  en un tiempo límite.





Al caballo lo llamó Necesidad.  
Al carro, Deseo
A una rueda la llamó Placer
A la otra, Sufrimiento.  
Cuanto más veloz iba  el carro más rápidamente se movían las ruedas del Placer y del Sufrimiento, conectadas  por el mismo eje y transportando   el carro del Deseo. 


Como el viaje era muy largo y el viajero se aburría, decidió  decorarlo con bellos adornos. Cuanto más embelleció el carro del Deseo, más pesado se hizo para  Necesidad, de tal manera que,  en las cuestas, el pobre animal desfallecía, sintiéndose incapaz de arrastrar tanto peso. En los caminos arenosos o de barro, las ruedas del Placer y el Sufrimiento se hundían, quedando inmovilizado el carro del Deseo.

 El viajero, desesperado porque el camino era muy largo y estaba muy lejos su destino, decidió reflexionar sobre el problema y, al hacerlo, escuchó el relincho de su viejo amigo Necesidad.   Comprendiendo el mensaje, a la mañana siguiente, aligeró el peso del  Deseo, quitándole los adornos y, muy temprano, salió hacia su destino, al trote de su caballo. No obstante, había perdido un tiempo que ya era irrecuperable.  

A la noche siguiente, mientras reflexionaba sobre cómo recuperar el tiempo malgastado, un nuevo relincho de  Necesidad, le hizo comprender que tenía que acometer una ardua y difícil tarea, su desprendimiento. Era necesario sacrificar el carro del Deseo, a sabiendas de que con ello perdía la rueda del Placer, pero también la del Sufrimiento. Sí, estaba decidido. Soportaría tales pérdidas. Una compensaría  la otra.

Y, muy de madrugada, montó  a Necesidad y, cabalgando sobre sus lomos, a todo galope, atravesó  encrestadas montañas,  misteriosos bosques, serenos valles y verdes praderas, hasta llegar, felizmente, a su destino.




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